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    03 mayo 2007

    070503 de eufemismos

    Las mujeres no roncan … ellas sólo respiran fuerte.

    ¿A quién cojones se le ocurrió tal gilipollez? Evidentemente a un soltero. Bueno, ni siquiera. El fin de semana pasado volví a casa de mis padres después de unos meses fuera. Ya se me había olvidado lo que era eso, y también se me había olvidado por qué mi padre duerme con tapones en los oídos. A mitad de la noche salté de la cama como un resorte pensando que nos robaban el tractor. No, no era el motor del tractor, era mi madre roncando como una carraca. Ahí estaba yo, en gallumbos corriendo por medio del pasillo, tropezando con el mueble (que digo yo, que es criminal poner un mueble en un pasillo de menos de un metro de ancho con dos figuritas de Lladró encima; bueno, ahora una, que el loctite no hace tantas maravillas como pregonan los anuncios). Después de partirme la uña con el mueble terminé con la cabeza dentro del paragüero de bronce; al intentar quitármelo conseguí lo que normalmente no conseguía los días de lluvia, es decir, abrir a la primera el paraguas del abuelo. El estropicio fue de órdago; Pepe Villuela era un armonioso Baryshnikov o un frágil Nureyev comparado conmigo. ¿Y sabéis a quién me encontré cuando conseguí desembarazarme de la escafandra metálica?; no, a mi madre no, a ella seguía oyéndola soplar en la distancia. Pues era mi padre que a pesar de los tapones se había levantado porque pensaba que nos estaban robando la casa (a lo de creer que nos estaban robando el tractor ya se había acostumbrado).

    En fin, que una cosas son los eufemismos y otra las mentiras, y si no que se lo pregunten a los políticos, sobre todo en época de elecciones.

    A todo esto, mi mujer debe ser la única mujer del mundo que no ronca … ella sólo respira fuerte.



    29 diciembre 2006

    061229 de despistes

    Ayer entré a la carrera en el centro comercial; era casi la hora de cierre y aún me faltaba un par de regalos por comprar. En el pasillo de entrada un hombrecillo se dirigió a mí en tono afable, pero apenas pude dirigirle alguna palabra para dejarle claro que no compraba lo que vendiese, fuese lo que fuese. Al llegar a la caja, la cajera miró el reloj, fastidiada porque ya era hora de estar en su casa. Entonces me sonó el móvil. Una amiga al otro lado del teléfono me preguntó que qué me había pasado con Luís; el tal Luís es un personaje curioso, pintoresco incluso, amigo común hacía unos años, pero a quien había perdido la pista hacía tiempo. No entendía por qué me preguntaba por él; sabía que habíamos perdido el contacto. Me contó que le acababa de llamar alterado e indignado porque me había visto y yo había despreciado su saludo; entonces caí, sí, el hombrecillo que se había dirigido a mí a la entrada del centro comercial.

    No tuve que darle muchas explicaciones, ella ya me conoce y sabe lo despistado que soy. Simplemente no lo reconocí y andaba, como siempre, apurado de tiempo. Algo así se había imaginado ella.

    Enlazando con esto, recuerdo hace unos años que iba por la calle y, al entrar en el metro esquivé en el último momento a una señora que se empeñaba en hacer espejo ante mí; cuando finalmente me zafé de ella y hacía cola en los tornos del metro, noté que algo golpeó mi cogote; no me abrió la cabeza, pero fue contundente. Miré al suelo y no encontré nada que se hubiera podido caer del techo, levanté la vista y nada vi colgado. Finalmente, miré hacia atrás y vi a la señora que acababa de esquivar blandiendo su bastón y diciéndome “Hijo, que soy tu madre”.